«Los medios falsarios son el enemigo. El enemigo del pueblo de EE.UU.» Es parte de uno de los twitts lapidarios a los que ya nos ha acostumbrados Donald Trump. Tengo que confesar que desde que el nuevo Presidente tomó posesión formo parte de su legión de seguidores en Twitter. Y hay algo aun peor: no puedo desayunar a gusto sin antes echar un ojo a sus «memes» o haber leído algunas de sus esperpénticas salidas de tono que serían graciosas si no fuera porque de él depende, en gran medida, la seguridad mundial.

¿Y qué tiene que ver esto con el periodismo de guerra? Pues que la animadversión de Trump hacia los periodistas y la creciente persecución a los informadores en un conflicto tienen el mismo origen. Ahora, ni el Presidente ni los bandos que se enfrentan en una guerra necesitan a los medios de comunicación para trasimitir su mensaje y por eso, la prensa les resulta innecesaria e incómoda. Una institución vil que los cuestiona a ellos y destapa sus mentiras.
Antes, cuando un dirigente, partido

político, o ejército quería difundir su mensaje necesitaba a los medios de comunicación de masas. Tenía que seducirlos, convencerlos de que ellos tenían la razón y de que era el adversario el que mentía. A cambio, debían someterse al escrutinio de los periodistas, responder a preguntas incómodas, pasar por el filtro de los profesionales si querían llegar al gran público. Pero ya no es así. Ahora, gracias a Internet y las redes sociales cualquier actor político o armado puede llegar a millones de personas sin tener que someterse a incómodas ruedas de prensa en las que una legión de molestos periodistas pueden deshacer las falsedades de su «verdad» fabricada.

Pero el verdadero gran problema es que las redes sociales no sólo sirven para difundir los desatinos de Trump, Erdogan o Putin, sino también los vídeos y la sangrienta propaganda yihadista o de cualquier grupo radical sin casi ningún filtro. Los actores armados, incluso los terroristas, ya no necesitan a los informadores y por eso, en muchas guerras nos han declarado objetivo. Gadafi lo hizo en Libia y Siria se ha convertido en un lugar donde literalmente se caza al periodista. Los asesinatos, secuestros y detenciones son cada vez más frecuentes pero, precisamente, porque los medios ya no somos necesarios para el poder o para los grupos armados es por lo que seguimos siendo imprescindibles para el público.